Glastonbury, verano del 96. Los Sex Pistols tocando en directo y yo en primera fila, saltando y sudando como un loco. Y luego en el backstage... qué tiempos aquellos. Pero los años pasan y cuando te das cuenta te tratan como a un viejo. Hoy cualquier camiseta de un grupo modernillo te mira por encima del hombro. Con lo que tú has sido... La juventud no es una edad, es una actitud.
Cada vez que pienso en aquel verano me río sola. El pueblo, el olor a campo, los globos de agua en la plaza. La vecina persiguiéndonos y nosotros corriendo empapados. Y el momento en que Lucas me secó con su toalla. Me sentí tan bien... No sé porque tuvo que terminarse todo tan rápido. Desde entonces paso mucho tiempo encerrada en mi habitación. Necesito volver a sentirme como aquel verano.
Ya no aguanto más. Hace tiempo que vivo atrapado en un armario. Apenas veo la luz del Sol y me estoy enganchando a la naftalina. Necesito volver a ser libre, encontrar a esa persona especial que me quiera tal y como soy. Necesito volver a disfrutar de dos centrifugados por semana, sentir el calor de un planchado sincero, volver a vivir una vida plena. Lo mejor está por venir.
Me va la juerga, me va la rumba. Y cuando llega el calorcito, me encanta trasnochar. Cada vez que me topo con un ventilador, me levanto a bailar. Me encanta moverme al son del viento, sentir el deseo de los chicos a mi alrededor en ese éxtasis de libertad y desenfreno. Pero hace tiempo que no salgo, que no bailo... ¡necesito marcha!
Aún recuerdo cuando nos colamos en aquella fiesta. Así, con un par de cordones. Mientras nos abríamos paso entre mocasines snobs y náuticos engreídos, sentíamos la mirada de las zapatillas más sexys de la pista. Nos convertimos en la sensación de la noche. Pero ya hace mucho tiempo de eso. Demasiado. Es hora de salir de la sombra y volver al ruedo. Más maduros, más atractivos.